Todos necesitamos un buen consejo (con más frecuencia de lo que lo admitimos…)

Por Kenneth Pierce

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Nos puede haber sucedido, y quizás más de una vez, que estábamos seguros de tener razón para luego descubrir que, por el contrario, nos encontrábamos profundamente equivocados. Nos duele más todavía cuando alguien cercano nos había sugerido el camino correcto, y no supimos o no quisimos escucharlo. Son muchas las lecciones que podemos sacar de esa experiencia pero queremos centrarnos en solo una: ¡cuán necesario es buscar un buen consejo y aprender a escuchar a los demás!

San Pablo sabía muy bien que a veces en nuestro interior encontramos realidades complejas y no siempre hacemos el bien que queremos, e incluso realizamos el mal que no queremos. Nuestra subjetividad en muchas ocasiones nos dificulta el ver con objetividad. Precisamente, qué difícil se torna buscar la objetividad cuando nos encerramos en nosotros mismos, construyendo a nuestro alrededor un muro que aleje a los demás, y también a Dios.

Cuántas veces construimos a nuestro alrededor una muralla tan grande que no solo no deja entrar a nadie más, sino que también nos impide a nosotros ver hacia el exterior. Entonces somos como ciegos, caminando a tientas por el mundo. Pensamos que tenemos todo lo que necesitamos para avanzar, y no tenemos más que tinieblas. Solo escuchamos nuestras razones, vemos el mundo desde una perspectiva –más o menos parcial y limitada– y tarde o temprano, como dice el Evangelio, caemos en algún agujero.

Aprender a buscar un buen consejo no nos hace débiles. Nos hace, por el contrario, más fuertes. Nos da mayores luces, nos hace experimentar la compañía de personas que nos quieren ayudar, nos educa para también nosotros, cuando podamos, demos también un buen consejo. Además, aprender a escuchar a los demás es también un camino pedagógico para aprender a escuchar a Dios, que nunca deja de hablarnos e iluminarnos.

Busquemos siempre buenos consejeros. Busquemos, sobre todo, personas que nos puedan ayudar a ver el camino desde la óptica de Dios. Quien ilumina su camino con la luz del Espíritu sabrá encontrar el sendero justo para, con la gracia de Dios, recorrer el camino de la santidad.

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