Domingo con Xto: Iluminados con la luz de Cristo

Iluminados con la luz de Cristo
Fiesta del Bautismo del Señor

Por Ignacio Blanco

Bautismo

Evangelio según San Marcos 1,7-11

En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo». Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

Llaman la atención las palabras de Juan Bautista. En diversos pasajes del Evangelio, el Bautista se presenta como una llama de fuego ardiente en su denuncia de la hipocresía de los fariseos así como en su predicación de la necesidad de la conversión. Ante Jesús manifiesta una consciencia muy fuerte de saber quién era y cuál era su misión. ¿De dónde procede su capacidad para reconocer a Jesús y para conocer cuál es su lugar? De su apertura al Espíritu y de su humildad. Sabe quién es y cuál su misión. Por eso, no duda en señalar: «Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo»

Juan no hizo milagros ni signo alguno que lo pudiera identificar como el Mesías. Hizo lo que tenía que hacer: preparar el camino al Señor. Esa preparación llegó a un punto culminante cuando Jesús se puso en la fila de los que esperaban ser bautizados por él. ¡Qué lección de humildad que es andar en verdad!

El pasaje del Evangelio de Marcos nos plantea una pregunta fundamental: ¿Por qué se bautiza Jesús? ¿Cómo es que Él, Dios y hombre verdadero, el Mesías, se somete al Bautismo de Juan? ¿Acaso el todo puro necesitaba ser purificado? Ciertamente no. «Fue bautizado el Señor —responde San Ambrosio— no para purificarse sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas por la carne de Jesucristo, que no conoció el pecado, tuviesen la fuerza para bautizar a los demás». El poder de purificación le es dado a las aguas del Bautismo por Cristo mismo. Juan preparó el camino que el Señor Jesús lleva a su plenitud. Esa plenitud se alcanza en su Pasión y Resurrección. Allí Jesús ha derrotado al pecado y la muerte. Muriendo y resucitando nos ha obtenido el don de la vida verdadera. A partir de entonces, cada vez que una persona es bautizada, se sumerge ya no en unas aguas que simbolizan la purificación sino en Cristo mismo que realmente es capaz de purificar y reconciliar el corazón humano. En el Bautismo nos sumergimos en la Muerte de Cristo, para morir a todo lo que es muerte, y así renacer con Él a la vida verdadera del Espíritu.

Si alguien nos preguntara qué significa que a partir del Bautismo somos hijos de Dios, ¿cómo se lo explicaríamos? ¿Qué le diríamos si nos pregunta qué queremos decir cuando afirmamos que en el Bautismo renacemos a una vida nueva o que somos incorporados al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia?

¿Nos faltan palabras para explicarlo? Es una experiencia común. Y es que muchas veces los católicos conocemos muy poco nuestra fe y nuestra identidad. Quizá ésta sea una buena ocasión para cultivar nuestra fe en la mente. Profundizar en lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el sacramento bautismal sería un primer paso que seguramente enriquecería nuestro compromiso cristiano. Otro medio muy sencillo: la próxima vez que participemos en la celebración de un bautizo, prestemos atención a las partes y los símbolos del rito. Si no conocemos su significado, procuremos informarnos.

Ahora bien, es importante que consideremos que aun si no somos capaces de explicarlo, el Bautismo es un Sacramento que ha marcado lo más profundo de nuestro ser y esa realidad ha impreso un carácter en nuestra identidad. Ese día se imprimió, como una huella indeleble, nuestro ser de Cristo. Tal vez lo primero entonces sea dar gracias a Dios por haber recibido ese don precioso y renovar nuestro compromiso por vivir acorde a ese don.

Ninguno de nosotros puede hacerse cristiano sólo por su propia voluntad. Ser cristiano es un don recibido. En este sentido nos precede. Es verdaderamente un nuevo nacimento que ocurrió el día en que fuimos bautizados.

Ese día comenzó para cada uno el camino de su vida cristiana. En este camino se hace fundamental nuestra respuesta al don recibido. El bautismo es un don que nos hace nacer a la vida verdadera. Como todo don debe ser acogido y sobre todo debe ser vivido. El Papa Francisco, invitándonos a conocer y celebrar la fecha de nuestro Bautismo, decía: «El riesgo de no conocerla es perder la memoria de lo que el Señor ha hecho con nosotros; la memoria del don que hemos recibido. Entonces acabamos por considerarlo sólo como un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado —y ni siquiera por voluntad nuestra, sino de nuestros padres—, por lo cual no tiene ya ninguna incidencia en el presente. Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo. Estamos llamados a vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia».

El Bautismo es una fiesta de luz. «La liturgia la presenta como una experiencia de luz. De hecho, al entregar a cada uno la vela encendida en el cirio pascual, la Iglesia afirma: «Recibid la luz de Cristo». El Bautismo ilumina con la luz de Cristo, abre los ojos a su resplandor e introduce en el misterio de Dios a través de la luz divina de la fe. En esta luz los niños que van a ser bautizados tendrán que caminar durante toda la vida, con la ayuda de las palabras y el ejemplo de los padres, de los padrinos y madrinas» (Benedicto XVI). Optemos por decirle “sí” a Aquel que nos dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

 

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